Armas para el Plan de Iguala.
El tráfico marítimo de armas para la insurgencia de
Iturbide, un plan fallido en el puerto de Acapulco en 1821
Germán
Luis Andrade Muñoz
Introducción
En 1821 arribó al puerto de Acapulco la fragata
mercante norteamericana La Luisa que, según dijo su capitán el
norteamericano Rakcliffe Hicks, en su cargamento incluía armas para el ejército
español del Perú. Sin embargo, la coincidencia del arribo del buque con los
planes del oficial realista Agustín Iturbide de hacer su propia emancipación de
la América Septentrional, llama a hacer una reflexión del papel que tuvieron
los marinos norteamericanos en el comercio y tráfico de armas a las posesiones
hispanoamericanas, aprovechando el estado de descomposición del imperio, para abastecer
tanto a las tropas realistas como a las insurgentes, permitiéndonos conocer las
rutas marítimas de este tipo de comercio, sus contactos en tierra y las
argucias que, en algunos casos, esgrimieron para hacer pingües negocios.
Los planes libertarios de Agustín de Iturbide
Con
el retorno a la constitución de Cádiz y al liberalismo en España, en 1820, a
consecuencia del levantamiento del coronel Rafael de Riego. A la oligarquía
novohispana no le convenía seguir manteniendo los lazos con la corona española,
por lo cual consideraban necesario abrazar la causa de la independencia, pero
no la sostenida por gentes como Miguel Hidalgo, José Maria Morelos, Vicente
Guerrero o Guadalupe Victoria, cuyas fuerzas estaban constituidas por una plebe
formada por españoles, americanos y peninsulares pobres, mestizos, mulatos e
indígenas. Al contrario requerían de una revolución hecha a modo, cuya cabeza
velara por los intereses de las familias prominentes del virreinato. En estas
circunstancias el coronel Agustín de Iturbide, exjefe realista famoso era la
persona más idónea para llevar a cabo dichos planes.
Es así que en el mismo año de 1820, a Iturbide se le ofreció reincorporarse
a las fuerzas realistas como jefe de la comandancia del sur, a la cual había
renunciado el coronel José Gabriel de Armijo.[1]
La rebelión del general Rafael de Riego, había eliminado la posibilidad de que
llegaran las tropas peninsulares de refresco comandadas por el conde de la
Bisbal, Enrique José O'Donnell, para lograr aplastar los diferentes movimientos
insurgentes, principalmente el encabezado por Vicente Guerrero. Por ello, el
virrey Juan Ruiz de Apodaca, conde del venadito, se vio obligado a recurrir a
los oficiales y las tropas americanas para continuar la lucha en contra de los
insurgentes. Sin embargo, para Iturbide, el encargo tenía la finalidad de
hacerse de un mando desde donde poder impulsar sus propios proyectos de
independencia,[2] según
Josefa Vega:
En los planes que Iturbide
tenía al aceptar el mando del Ejército del Sur sin duda no entraba llegar a una
alianza con los insurgentes a los que iba a combatir. Su idea era acabar con
ellos y entonces ya sí, sin peligro, proclamar la independencia de la que él
sería el único artífice y que contaría con el aplauso de la oligarquía criolla
que tanto confiaba en él.
El 13 de noviembre de 1820, Agustín de Iturbide recibe el nombramiento
de comandante del ejército del sur con la misión de acabar con las fuerzas
insurgentes de Vicente Guerrero. El día 16 del mismo mes, salió de la ciudad de
México, para hacerse cargo de las tropas reales que operaban en el sur.[3]
Sin embargo, antes de partir, su principal tarea fue sondear la opinión de la
aristocracia, hombres ricos y de sus oficiales,[4]
además de allegarse la mayor cantidad de tropas leales, dinero y armas, con lo
cual lograría la realización de sus proyectos independentistas.
Antes de tomar posesión de su
cargo militar, Agustín de Iturbide obtuvo del virrey la concesión de la
transferencia de los Regimientos de Celaya y la Caballería de la Frontera al sur,
fuerzas que estuvieron bajo su mando cuando fue comandante militar de la región
norte de Nueva España. Ya establecido su cuartel del sur, en el poblado de
Teloloapan, continuó solicitando más tropas y dinero.[5]
Además, según menciona Lucas Alamán, para hacerse de dinero Agustín de
Iturbide, logró convencer al virrey de enviar el producto de las ventas de
mercancías que llegaron a Nueva España en la nao de China, lo que le permitió
apoderarse de 525 000 pesos.[6]
Al respecto Vera Valdez Lakowsky comenta:
La última nave, Rey Fernando, llegó a Acapulco en 1815,
justo cuando se suprimió la circulación de los galeones tradicionales, para dar
paso según la usanza del periodo, a naves de registro, en las que podían
participar comerciantes ajenos a las estructuras consulares. Y es aquí donde se
halla un dato curioso, aunque en su oportunidad debió ser dramático. Para
financiar la guerra de Independencia Iturbide tomó la conducta con 500 mil
pesos de plata que iba destinada a resarcir el comercio de Manila. Fue algo así
como la primera deuda exterior de México, para cuyo pago se recurrió a los
derechos de catedrales.[7]
También, Agustín de Iturbide, desde su nombramiento se dedicó a
rodearse de los antiguos oficiales y soldados realistas que estuvieron a su
mando, a los cuales tuvo la confianza de explicar sus secretos planes
independentistas.[8] Al
contrario de la larga cadena de triunfos obtenidos hasta 1816 en el norte del
virreinato, en el sur los fracasos se fueron sucediendo para Iturbide. La
resistencia sostenida por los hombres de Guerrero estaba retrasando sus
proyectos, por lo que se vio en la necesidad buscar pactar con ellos e incluirlos
en sus planes.[9]
Es así que, primero, ofreció un indulto general, al cual se acogieron
pocos insurgentes en los últimos días de 1820. Entre los insurrectos que lo
aceptaron estaban el norteamericano John Davis Bradburn y doce combatientes
más. Cabe recordar que Bradburn había participado con los filibusteros y
corsarios que apoyaban los distintos movimientos independentistas en Hispanoamérica
y colaborado con insurgentes novohispanos, como Juan Pablo Anaya, durante su
estancia en Nueva Orleans, de 1814 a 1816.[10]
Había llegado a Nueva España con la expedición de Javier Mina. Sin embargo,
cuando éste fue derrotado y fusilado, intentó crear un movimiento guerrillero
en Michoacán, pero el movimiento no logro prosperar por lo que termino
uniéndose a las fuerzas de Vicente Guerrero.
A Bradburn, al contrario de otros insurgentes indultados, Iturbide le
concedió el perdón pero no el retorno a su tierra, al contrario, lo nombró su
ayudante, sirviéndole al comandante realista de negociador con Guerrero y, como
probable contacto con los traficantes de armas norteamericanos que merodeaban
por las posesiones españolas americanas.[11]
El 10 de enero de 1821, Agustín
de Iturbide inicio contacto epistolar con Guerrero, primero, invitándolo a
someterse al gobierno, bajo la promesa de dejarlo al mando de sus fuerzas y, segundo,
si el plan de independencia fracasaba, que Iturbide lucharía con las armas para
instaurarla, la primera respuesta de Guerrero fue el rechazo al indulto,
considerándolo una ofensa, no obstante, ante la posterior propuesta aceptaba
unirse al plan si se conseguía con él la independencia total del virreinato.[12]
La fragata angloamericana La Luisa, un buque con muchas sorpresas
Mientras
se desarrollaban las pláticas entre realistas e insurgentes, a las cinco de la
tarde del 25 de enero de 1821 arribó al puerto de Acapulco la fragata
angloamericana La Luisa, de 276
toneladas y originaria de Providence, Rhode Island, la cual había partido con
derrotero al Perú, según afirmó el capitán Rakcliffe Hicks, de Río de Janeiro el
14 de octubre de 1820 con un cargamento de harina y otros efectos que le fueron
permitidos comerciar por el virrey del Perú con la condición de que también
condujera cincuenta cajones que contenían mil fusiles y bayonetas, municiones,
jarcia inglesa y rusa para el ejército y los buques de la Real Armada del
virreinato peruano,[13]
pero como el puerto sudamericano estaba bloqueado, Hicks optó por dirigirse al
puerto de Acapulco a fin de entregar las armas a los realistas de estas
latitudes.[14]
No era la primera vez que la fragata La Luisa arribaba al virreinato de Nueva España, en otras ocasiones
lo había realizado en las costas del Seno Mexicano, de las cuales tenemos las
siguientes noticias: A las cinco de la tarde del 10 de enero de 1798, en plena
primera guerra naval entre España y Francia contra Inglaterra y Portugal,
arribó a un costado del galerón del destacamento de la Punta de Antón Lizardo,
a una distancia aproximada de tiro de cañón, un buque que, las autoridades de
Veracruz, consideraron inglés por la bandera que portaba, poniendo en estado de
alerta a las tropas del puerto, quienes dispusieron vigías ante una posible invasión.[15]
Al día siguiente, ante la inactividad del buque extranjero, las
autoridades del puerto decidieron inspeccionarlo y tomar noticias de su arribó,
siendo recibidos por el capitán Robert Stanley y el maestre Pablo Comins,
quienes les informaron que el buque realizaba travesía del puerto de Baltimore
a Nueva Orleáns, pero la falta de víveres y la rotura del palo mayor los había
obligado a recalar en las costas del virreinato.[16]
Para realizar las reparaciones y compra de víveres que necesitaba La Luisa,
Stanley y Comins solicitaron un permiso para poder vender en Veracruz “algunos
efectos” que transportaban, los cuales consistían en siete pipas de
aguardiente, cincuenta cuarterolas de vino jerez, 220 sacos de pimienta, queso
de Flandes, veinte barriles de cerveza, cuatro cajones de papel y diez barriles
de vino tinto, perteneciente a Mariano Álvarez, armador, dueño del buque y
vecino de la ciudad de Filadelfia, pero que se habían registrado a nombre de
Roberto Guilmar “para que no fuera confiscada por los ingleses”.
Las autoridades de la Real Hacienda se negaron a tal petición, al
contrario, no encontraron ningún problema en otorgarles un préstamo para
proveer los víveres y el palo mayor para que el buque “declarado perteneciente
a potencia amiga y su carga a vasallos de nuestro rey” continuara su viaje
“teniendo que abonar en Nueva Orleáns los adeudos a cuenta del situado”. Sin
embargo, el maestre Pablo Comins siguió insistiendo, no la venta de algunos
efectos, sino a la descarga completa la carga para poder hacer “un prolijo
reconocimiento y composición” de su buque, lo que acarrearía muchos trabajos,
por ello, solicitaba poder vender todo el cargamento en el puerto de Veracruz,
acción a la que no accedieron las autoridades ya que, según verificaron, los
daños eran mínimos y se podían reparar con una ligera carena.[17]
Después de una larga estancia en Veracruz, y un sinfín de misivas del
virrey por apremiar su salida, La Luisa logró zarpó el 16 de febrero de
1798 con rumbo a Nueva Orleáns, ya que Stanley pudo reparar y comprar lo
necesario, gracias al permiso que obtuvo Comins del “virrey” para vender todos
los géneros que transportaban, dejando a las autoridades del puerto novohispano
metidas en un embrollo de solicitudes de información de los oficiales de la Real
Hacienda, ya que desconocían la supuesta autorización, encontrando siempre la
misma respuesta del teniente letrado de la intendencia de que había obrado como
se le había ordenado, pero que antes fue muy oficioso en conseguir el permiso
de la descarga, aunque al virrey Branciforte se le informó que el maestre
Comins no tuvo necesidad de que se le facilitara el dinero de la Real Hacienda
ya que había conseguido a una persona, Ignacio de la Torre del comercio de
Veracruz, que se lo proporcionó.[18]
La fragata La Luisa volvió a aparecer el 30 de marzo
de 1799 en el puerto de Veracruz procedente de Nueva York, sin el
correspondiente registro, aduciendo que fue detenido por una balandra y una
goleta inglesas para su revisión, por lo cual el sobrecargo Miguel Le Boufieller
tiró los registros al mar. Después de un largo litigio, donde participó el
comerciante Ignacio de la Torre, dueño de la carga, ante las autoridades de la
Real Hacienda, quienes a final de cuentas la declararon debidamente acreditada.[19]
Saliendo al puerto peninsular de Santander, el 8 de junio, con un transporte de
500 quintales de palo de tinte de Campeche, 150 tercios de purga de Jalapa,
once zurrones de añil de Tonalá, 178 tercios de Cacao de Guayaquil y 100
tercios de algodón en pepita,[20]
al parecer sin tener un incidente similar.[21]
La documentación consultada nos permite apreciar, que las rutas
comerciales seguidas por la fragata angloamericana a finales del siglo XVIII,
algunas veces tocaban al puerto de Veracruz, casos que vemos ligados a la
existencia de la primera guerra naval en que participaron España y Francia en
contra de Inglaterra y Portugal, donde el buque y su tripulación realizan un
tráfico comercial licito o ilícito, este último al igual que otros marinos,
mediante una arribada maliciosa, concepto utilizado por Julio Cesar Rodríguez
Treviño, el cual consistió en entrar a un puerto español sin permiso ni razón
legitima, pretextando la necesidad de realizar reparaciones, requerir de
bastimentos o estar en peligro de ser capturadas por fuerzas enemigas.[22]
Sin embargo, las actividades de
la embarcación y sus tripulantes no solo se constriñeron al Atlántico, ni al
comercio o contrabando de mercancías. Como veremos más adelante, ya que se
ampliaron hasta las costas del Pacífico.
Unas armas para Perú que terminaron en Acapulco.
Volviendo
a los acontecimientos motivo de estudio del presente trabajo El arribó de La Luisa y su cargamento de armas en
1821, alertó a las autoridades navales y militares del puerto de Acapulco,
quienes pusieron al buque en custodia bajo el fuego del Castillo de San Diego[23]
e iniciaron una investigación exhaustiva con la finalidad de conocer el motivo
de su entrada y el origen del cargamento de armas que llevaba.
Según la narración del capitán Rakcliffe Hicks, La Luisa había dado vela en el puerto de Nueva York en 1819, con un
cargamento de harina que compró en Lima, Perú. En esa ocasión el virrey del
Perú le concedió a Hicks licencia de regresar con el cargamento que considerara
mas apropiado para lucrar, pagando menos derechos, con la condición de
transportar mil fusiles y jarcia para el ejército y la armada reales
concentrados en El Callao. Con esa finalidad, La Luisa arribó a Río de Janeiro donde el enviado extraordinario y
ministro plenipotenciario español ante el rey de Portugal, conde de Casa
flores, le extendió un salvoconducto abierto de libre transito para poder
llevar las armas al Perú y recibir la ayuda de los buques de guerra españoles.[24]
En la misma carta, según Hicks, el ministro prevenía al capitán que si
la costa del Perú estaba bloqueada por la escuadra chilena, quedaba en libertad
para dirigirse a cualquier puerto en el océano Pacífico de los dominios de su
majestad el rey de España para ser recibido y poder disponer de su cargamento
como mejor se considerase.[25]
Así La Luisa salió de Río de Janeiro
el 14 de octubre de 1820 con rumbo a Lima, sin hacer escala en ningún puerto
intermedio. Sin embargo, el 2 de diciembre fue apresada en las inmediaciones de
la isla de San Lorenzo, a tres millas del puerto del Callao, por la fragata
insurgente O´Higgins, al mando del
almirante lord Thomas Cochrane, quien llevó al buque y su tripulación al
pequeño puerto de Huacho, muy cercano a Lima,[26]
donde estaba parte de la flota chilena y el ejército expedicionario del general
San Martín, aprestándose para invadir al virreinato de Perú.[27]
Viendo la imposibilidad de poder escapar, Hicks destruyó los
documentos españoles que llevaba y tomo la determinación de declarar que su
derrotero era con destino a la Columbia británica. Providencialmente al puerto
de Huacho, donde La Luisa se
encontraba apresada, arribó la fragata norteamericana de guerra La Macedonia, cuyo capitán Donnes o Jonnes
tomó la decisión de preservar la vida, los derechos y la carga que transportaba
su compatriota y apoderándose del barco de Hicks lo liberó el 23 o 28 de
diciembre, picando anclas y custodiándolo hasta mar abierto para seguir con
rumbo al norte en busca el puerto de Acapulco, al cual arribó en enero de 1821.[28]
Las contradicciones en la información proporcionada por Rakcliffe
Hicks son muy evidentes a lo largo del texto. En primer lugar, mencionaba que
había salido de Lima en 1819 con un cargamento de harina para venderlo en Nueva
York, mientras que entre los efectos que llevaba en 1820, de Río de Janeiro a
Lima, se encontraban varios barriles de harina, mismo producto que había
transportado un año antes de las posesiones españolas al puerto angloamericano.
En segundo lugar, sostenía que el virrey del Perú le había solicitado
llevar armas de Río de Janeiro a Lima, a cambio de concesiones para traficar
mercancías, y más adelante relataba que había cuatro buques que saldrían a Lima
pero ninguno quiso llevar las armas por el alto riesgo, excepto el capitán
Hicks, por lo que el enviado extraordinario y ministro plenipotenciario español
en Río de Janeiro le ofreció una buena recompensa.[29]
Si bien, es cierto que el conde de Casa Flores, realizó una ardua labor para
fletar naves que transportaran al virreinato del Perú no armas, sino oficiales
fugados del Río de la Plata, municiones navales y de guerra, dato que fue
omitido por Hicks, encontrando la negativa de las casas comerciales españolas e
inglesas establecidas en el puerto brasileño, por el temor a los corsarios y
buques insurgentes chilenos.[30]
Otro dato, del cual el capitán de la fragata La Luisa no tuvo conocimiento, es que el proyecto de fletar buques
para el transporte de tropas y municiones fue ideado por el mismo conde de Casa
Flores, sin el concurso del virrey del Perú, mismo que fue propuesto al rey en
carta reservada del 9 de abril de 1819, donde el conde agradecía la aprobación
real el 19 de agosto del mismo año, manifestando que “no tema S. M. dificultad
en que me separe de las reglas establecidas, por las leyes de Indias, su venia
el rey N. S. en concederme una facultad ilimitada”.[31]
Como se puede apreciar las fechas entre ambas cartas, más o menos coinciden con
el tiempo en que La Luisa realizaba
su supuesta travesía del Perú a Nueva York, pudiendo ser que en una escala en
Río de Janeiro tuviera noticias de la necesidad de barcos para hacer viaje al
Callao, ya fuera por solicitud del mismo Casa Flores o por noticias de otros
marinos.
Otra cosa que el capitán del buque angloamericano desconocía era que
en la misma carta reservada el ministro plenipotenciario informaba de ya haber
enviado una fragata del comercio de Cádiz, armada en corso, y un buque
ballenero americano que iba con rumbo al Pacífico, barcos que llegaron sin
ningún problema.[32]
Información que nos permite suponer, muy remotamente, que Hicks y su buque pudieron
ser los balleneros que se dirigían al Pacífico y tomaron el riesgo de llevar a
los oficiales y las municiones españolas al Callao en 1819, o simplemente
tuvieron noticias de las necesidades del virreinato peruano, lo que les
brindaba la oportunidad, en 1820, de transportar y vender armas a las fuerzas
beligerantes, realistas o insurgentes, existentes en las posesiones españolas
de América.
En tercer lugar, dijo buscar arribar al puerto realista de Acapulco
para entregar las armas, y en otra parte, mencionaba que sólo había arribado a
dicho puerto para reemplazar las anclas perdidas en Huacho y abastecerse de
agua y provisiones, para continuar a la Columbia, por ello suplicaba le
permitieran vender su cargamento, pero más adelante mencionaba que la mayoría
de la mercancía que traía estaba pensada para el mercado de Lima, por lo cual
solicitaba venderla en Acapulco con el pago menor de derechos.[33]
En cuarto lugar, planteaba la aventura de eludir a las fuerzas
insurgentes chilenas, con ayuda del capitán de la fragata Macedonia,[34]
hecho que avaló con una carta supuestamente firmada por el capitán
norteamericano Donnes o Jonnes.[35]
Hazaña que presentaba una similitud extraordinaria a la efectuada por el
almirante Thomas Cochrane para capturar a la fragata Esmeralda, barco español, que tomaron por sorpresa los marinos
chilenos, en la medianoche del 5 de noviembre de 1820, cortando las amarras de
la embarcación después de una rápida escaramuza. Esta acción fue presenciada
por los tripulantes de las fragatas de guerra norteamericana la Macedonia y la británica el Hyperion, que se encontraban apostados
permanentemente en el Callao, para defender los intereses comerciales de sus
respectivos países y no en Huacho, como Hicks afirmaba.[36]
Como muchos otros sucesos la hazaña de los chilenos pudo ser contada entre los
marinos llegando a oídos de Hicks quien la incorporó como propia a la historia
que narró a las autoridades del puerto de Acapulco.
En quinto y último lugar, Hicks mencionaba que el general San Martín
le ofreció la libertad, a cambio de venderle las armas que llevaba, dato que
también documentaba con otra carta supuestamente firmada por el libertador
sudamericano.[37] Para
las fuerzas chilenas que combatieron en Perú y para su comandante el diablo, epíteto puesto por los
españoles al comandante de las fuerzas navales chilenas, Thomas Cochrane,[38]
la captura de un buque que llevara tan grande cantidad de armamento y
pertrechos navales hubiera sido una hazaña similar a la captura de la Esmeralda, sin embargo, Cochrane nunca
lo menciona. Más aun, si esto ocurrió, pudo ser un motivo más de conflicto
entre él y el general San Martín, relaciones que ya se encontraban en términos
hostiles por la resolución de este último a concentrar las tropas libertadoras
en Huacho y no emprender acción en contra de los españoles como el almirante
inglés le solicitaba.[39]
Al parecer, los únicos que
creyeron la historia de Hicks fueron el coronel Nicolás Basilio de la Gándara,
gobernador y ministro del puerto de Acapulco y el comandante del ejército
realista del sur Agustín de Iturbide. El primero, en una extensa carta dirigida
al virrey Conde del Venadito mencionaba que la fragata La Luisa arribó a Acapulco para evitar caer por segunda vez presa
de los enemigos de España, por lo cual él consideraba que: “... permitírsele
salir de aquí, serian mayores los daños, por que podrían [la fusilería y la
jarcia] caer en manos de los insurgentes de esta costa ya enteramente
pacificada por la muy premeditadas y bien acertadas determinaciones de V. E.”,
solicitando dejar los fusiles en posesión del gobernador y permitir el
desembarco de la demás carga.[40]
Armas para el Plan de Iguala, la verdad queda
descubierta
Mientras
que Agustín de Iturbide continuaba con el intercambio epistolar el 4 de febrero
con Guerrero, para convencerlo de adherirse a su plan,[41]
el día 17 del mismo mes intentó convencer al contador de la caja de Acapulco de
lo conveniente de desembarcar las armas para brindar un mejor servicio al rey,
sin que fuera necesaria una licencia del virrey, pues así lo exigían las
circunstancias militares del momento, pidiéndole su cooperación y no presentar
ninguna oposición.[42]
A partir de aquí, los hechos se sucedieron rápidamente, el 20 de
febrero de 1821, Nicolás Basilio de la Gándara fue uno de los primeros
militares que se adhirió al Plan de Iguala, teniendo la comisión de sublevar al
puerto de Acapulco, tomando el cargo de gobernador interino y estableciendo un
ajuste con Hicks, en virtud de las facultades otorgadas por Iturbide para
comprar los fusiles a diecisiete pesos cada uno. El día 24, mismo día en que
Iturbide proclamaba el Plan de Iguala, los fusiles fueron sacados de la fragata
norteamericana y llevados a la fortaleza, siendo recibidos por el apoderado del
puerto José María de Ageo, alcalde de Acapulco.[43]
Sin embargo, con el arribó de las fragatas de guerra Prueba y Venganza,[44]
las cuales venían de Guayaquil para evitar ser capturadas por la escuadra de
Cochrane, alentó a los pobladores fieles al rey de España a realizar una
contrarrevolución, lo que obligó a los hombres de Iturbide a huir, sin tener
tiempo para llevarse las armas.[45]
Tres días después el virrey Apodaca recibió el Plan de Iguala.[46]
El 1º de marzo Iturbide fue elegido como primer jefe del ejército de las tres
garantías, dedicándose a buscar más adhesiones. Al contrario de sus
expectativas, algunas de sus tropas comenzaron a desertar. El 14 de marzo,
mientras que Iturbide concluía sus negociaciones con Guerrero en Teloloapan,[47]
el virrey tomó la determinación de declararlo fuera de la ley y el Ayuntamiento
de México, de manera ambivalente, emitió una proclama llamando a la población a
no apoyarlo y puso obstáculos para que el virrey combatiera la rebelión de
manera eficaz.[48]
Mientras esto pasaba en el ámbito político militar novohispano, las autoridades
de la Real Hacienda Pública decidían la suerte de La Luisa, su capitán, tripulación y carga. Considerando que el
cargamento no era legal, al no existir documentos que probaran lo contrario y
los que existían: el recibo del almirante Cochrane y la carta del general San
Martín, no se podían certificar. Además era dudosa y risible la facilidad con
que Hicks y su carga se pudo librar en Huacho, así como la intención de San
Martín de trocar la libertad de los tripulantes de La Luisa por la venta de los fusiles. También era sospechoso que el
capitán buscara refugiarse en Acapulco, siendo que lo podía hacer en el puerto
de Panamá, a lo cual se sumaba “la buena fe” de Gandara y del ministro contador
de Acapulco y la larga estancia sospechosa del buque en el puerto novohispano.
Además de haberse contravenido el articulo 17 del tratado de amistad, limites y
navegación de España y los Estados Unidos de Norteamérica.[49]
Por ello, se recomendaba que la fragata fuera considerada buena presa,
la cual debía ser embargada junto con los fusiles, la jarcia y el cargamento,
mientras que al capitán y la tripulación se les examinaría hasta saber con
certeza su procedencia, destino y demás datos que permitieran conocer los
puertos que tocaron y la ruta de navegación que siguieron. Mientras se
realizaban las diligencias necesarias, los gastos de manutención de la
tripulación correrían por cuenta de ellos mismos. Aunque, para evitar problemas
diplomáticos, se consideraba pertinente que abandonaran el país lo más pronto
posible sin la posibilidad de llevarse las armas que pudieron servir a la
insurgencia de Agustín de Iturbide.[50]
Podríamos conjeturar que el arribó de la fragata La Luisa pudo ser un
acontecimiento fortuito dentro del ámbito novohispano, que fue aprovechado por
el genio de Agustín de Iturbide para alcanzar sus planes independentistas de la
América Septentrional. Sin embargo, cuando la independencia fue consumada en
1822, el encargado de la tesorería de la regencia del imperio mexicano, José
Manuel de Herrera, giró una orden de pago por el concepto de 4836 pesos, 5
reales, 8 granos a favor de Horacio Rogers, agente del propietario del buque La Luisa, cantidad que no se menciona el
concepto y que no fue pagada por no haber fondos en las arcas, ya que las
tropas del imperio eran primero, situación que disgusto a Rogers quien reclamó
a Iturbide “de que este gobierno jamás se comprometiera en empeños que no
hubiera de cumplir.[51]
Aun así el dinero no fue pagado inmediatamente ya que en 1825, el
capitán Rakcliffe Hicks vuelve a mencionar el acontecimiento con motivo de su
solicitud de naturalización para vivir en México, que fue presentada el 9 de
septiembre, y poder dedicarse a la actividad minera.[52]
Para lo cual declaró ser natural de Providence, Estados Unidos, acreditando con
un certificado firmado por varios comerciantes extranjeros y nacionales
profesar la religión católica, con moral irreprochable y poseer un caudal
considerable, además de hacer presente que “ desde el año de 21 [sic] arribó a
nuestras costas con su fragata en que condujo efectos y pertrechos de guerra
que ofreció y le sirvieron al señor Iturbide para lograr la independencia, y
cuyo pago se le está haciendo parcialmente”,[53]
resta decir que dicha solicitud fue remitida por el Despacho de Justicia y
Negocios Eclesiásticos a la cámara de diputados el 21 de abril de 1826 con una
recomendación especial,[54]
otorgada por sus servicios como contrabandista de armas para lograr la
emancipación de la nación mexicana.
Conclusiones
Se
podría considerar el arribó de la fragata La
Luisa y el tráfico de armas como un hecho particular y aislado de una
coyuntura específica, como fueron los procesos armados de independencia que se
realizaron durante la segunda y la tercera década del siglo XIX en la América
española. Sin embargo, el análisis de un período mas largo, nos permite
observar como algunos dueños y maestres de buques mercantes angloamericanos
aprovecharon los diferentes estados de guerra por los que transitó el imperio
español y sus colonias para efectuar negocios muy lucrativos, muchas veces en
contubernio con funcionarios o personajes de las colonias, conduciendo
contrabando o armas, acciones que podemos constatar revisando los hechos
acaecidos anteriormente, en los que participó la fragata La Luisa.
Antes de las luchas independentistas en Nueva España, la tripulación y
dicho buque llevaban varios años realizando tratos comerciales no del todo
lícitos bajo diferentes pretextos como fue la necesidad de arribar a las costas
del seno mexicano novohispano para efectuar reparaciones y compra de víveres
para seguir su travesía, para lo cual solicitaron permisos para vender la
mercancía que transportaban, mismos que les fueron negados por las autoridades
virreinales pero obsequiados por algunos funcionarios menores, con la colaboración
de algunos comerciantes. Esto nos permite apreciar la existencia de redes de
comercio ilegal donde participaban, por un lado, marineros norteamericanos y,
por otro lado, funcionarios reales y comerciantes novohispanos. Relación que,
con el paso de los años, los acontecimientos políticos y militares en las
posesiones españolas, se extendió al apoyo del movimiento insurgente de Agustín
de Iturbide, mediante abastecimiento de armas. Donde podemos inferir una
participación de las elites locales, antes, durante y después de la
independencia, ligadas a comerciantes extranjeros con el doble propósito de
aprovechar e influir en las circunstancias políticas para hacer pingües
negocios y preservar sus privilegios.
Fuentes
Archivo
Archivo
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Ramo Estado
Archivo
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Sánchez, México, JGH Editores, 1997, pp. 41-54.
[1] El Lucas Alamán, Historia de México: desde los primeros movimientos que prepararón su
independencia en el año de 1808 hasta la época presente, México, Instituto
Cultural Helénico / Fondo de Cultura Económica, 1985, vol. 5, pp. 63-64, y
Francisco Castellanos, El trueno: gloria
y martirio de Agustín de Iturbide, México, Diana, 1982, pp. 77-79.
[2] Lucas Alamán, Op. Cit., p. 57.
[3] Lucas Alamán, Op. Cit., pp. 67-68, y Josefa Vega, Agustín de Iturbide, Madrid, Historia
16, Ediciones Quórum, Sociedad Estatal para la Ejecución de Programas del
Quinto Centenario, 1987, p. 55.
[4] Josefa Vega, Op. Cit., p. 56.
[5] Ídem,
p. 55.
[6] Lucas Alamán, Op. Cit., pp. 95-96, y Carlos Navarro y
Rodrigo, Agustín de Iturbide: vida y
memorias, advertencia de Ángel Pola, México, A. Pola, 1906, p. 55.
[7] Y abunda más: “Se
considera que debió saldarse
en su mayor parte hacia 1828, aun cuando, quizá por el retraso en los pagos, se
originaron cantidades acumuladas, y aun en 1834-1835 se presentaron
reclamaciones al respecto, por parte de los representantes del comercio
filipino; cuya huella, por cierto, al incendiarse el cajón de ropa o Parían
mexicano en ese mismo año de 1834, se hace más difícil de seguir. Valdés, Vera
Lakowsky, “La plata: eslabón de las relaciones mexicano-filipinas”, en Cruz
Guerrero, Gemma... [et al.], El Galeón de
Manila: un mar de historias: Primeras Jornadas Culturales Mexicano-Filipinas,
presentación Lothar Knauth, pról. Cristina Barrón Soto, Andrés del Castillo
Sánchez, México, JGH Editores, 1997, pp. 52-53
[8] Lucas Alamán, Op. Cit., pp. 71-73.
[9] Josefa Vega, Op. Cit., p. 56.
[10] Johanna von Grafenstein, “Patriotas y
piratas en un territorio en disputa, 1810-1819”, revista electrónica Theorethikos,
El Salvador, Universidad Francisco Gavidia, año III, número 1, enero-marzo de
2000, p. 18.
[11] Lucas Alamán, Op. Cit., p. 79, y Josefa Vega, Op.
Cit., p. 55.
[12] Josefa Vega, Op. Cit., pp. 56-57.
[13] Archivo General de la Nación, México
(en adelante AGNM), Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 262-262v.
[14] Informe de Nicolás Basilio Ramón
Rionda de la Gándara, gobernador y ministro contador de la caja de Acapulco, al
virrey conde de Venadito, México 26 de enero de 1821, AGNM,
Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 263.
[15] Carta nº 593 del Virrey de Nueva
España, Marqués de Branciforte, al Príncipe de la Paz, dando cuenta con
testimonio del expediente sobre el arribo a Veracruz del bergantín americano
'La Luisa', y de su salida para su destino de Nueva Orleáns Orizaba 28 de
febrero de 1798, Archivo General de Indias, España (en adelante AGI),
ES.41091.AGI/1.16417.2.8//ESTADO,27,N.33, fs. 1-29.
[16] Informe de Francisco Antonio de
Rodal, Veracruz, 11 de enero de 1798, AGI,
ES.41091.AGI/1.16417.2.8//ESTADO,27,N.33, fs. 5-7 y AGNM,
Marina, vol. 125, exp. 7, fs. 67-95.
[18] Informe del gobernador político y
militar de Veracruz, Diego García Panes, AGNM,
Marina, vol. 125, exp. 8, fs. 95-155 y exp. 9, fs. 156-206.
[19] AGNM, Marina, vol. 130bis, exp. 6,
fs. 128-169.
[20] Registro de salida de la fragata La Luisa
del puerto de Veracruz con destino al de Santander, Veracruz, 8 de junio de
1799, AGNM, Marina, vol. 132, exp. 42, fs. 533-534.
[21] Misma circunstancia que podemos
apreciar en su salida del 21 de noviembre de 1808 cuando partió de Veracruz al
puerto de Maracaibo. AGNM, Consulado, vol. 61, Exp. 7, fs. 121-125.
[22] Luis Navarro García, “América.
siglo XVII”, en Javierre, José María (coordinador), Gran enciclopedia de España y América, Madrid, Espasa-Calpe /
Argantonio, tomo V “Desarrollo, Independencia siglos XVII, XVIII, XIX”, segunda
parte, capitulo 2, 1984, pp. 117-118, Andrade Muñoz, Germán, “La costa
de sotavento, los proyectos de real Astillero y su importancia estratégica para
el imperio español, en el siglo XVIII”, tesis de licenciatura, México,
Escuela Nacional de Antropología e Historia, 2001, p. 101 y Rodríguez
Treviño, Julio Cesar, “Los corsarios hispanos y franceses en el Seno Mexicano,
1796-1808. ¿Combatientes o cómplices del comercio ilícito?”, México, tesis de
maestría en historia moderna y contemporánea, Instituto Mora, 2007, p. 31.
[23] Informe de Nicolás Basilio Ramón
Rionda de la Gándara, gobernador y ministro contador de la caja de Acapulco, al
virrey conde de Venadito, México 26 de enero de 1821, AGNM,
Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 263-263v.
[24] Carta del capitán Rakcliffe Hicks a
las autoridades del puerto de Acapulco, Acapulco 27 de enero de 1821, traducida
por María José Giral en México el 7 de febrero de 1821, AGNM,
Marina, vol. 268, exp. 13, f. 265-266.
[25] Ídem.
[26] Desde 1818, el
Huacho fue utilizado, por el Almirante Thomas Cochrane, como puerto de
abastecimiento de agua y víveres para la escuadra chilena que mantuvo bloqueado
el puerto de El Callao. Thomas
Cochrane, Memorias de Lord
Cochrane, Conde de Dundonald, Madrid, Editorial América, 1923 [1863], p.
21-22.
[27] Recibo firmado por Lord Cochrane en
Bahía del Callao el 2 de diciembre de 1820, AGNM, Marina,
vol. 268, exp. 13, f. 270
[28] Carta del capitán Rakcliffe Hicks a
las autoridades del puerto de Acapulco, Acapulco 27 de enero de 1821, traducida
por María José Giral en México el 7 de febrero de 1821, AGNM,
Marina, vol. 268, exp. 13, f. 265-266, e Informe
de Nicolás Basilio Ramón Rionda de la Gándara, gobernador y ministro contador
de la caja de Acapulco, al virrey conde de Venadito, México 26 de enero de
1821, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 263-263v.
[29] Carta del capitán Rakcliffe Hicks a
las autoridades del puerto de Acapulco, Acapulco 27 de enero de 1821, traducida
por María José Giral en México el 7 de febrero de 1821, AGNM,
Marina, vol. 268, exp. 13, f. 265-266.
[30] Carta
reservada nº 288 del conde de Casa Flores, embajador en Brasil, al marqués de
Casa Irujo, Secretario de Estado, Río de Janeiro 5 de enero de 1819,
AGI, ES.41091.AGI/1.16417.14.19//ESTADO,103,N.3,
fs. 1-8
[31] Ídem.
[32] Ídem.
[33] Carta del capitán Rakcliffe Hicks a
las autoridades del puerto de Acapulco, Acapulco 27 de enero de 1821, traducida
por María José Giral en México el 7 de febrero de 1821, AGNM,
Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 265-267.
[34] La fragata de guerra angloamericana Macedonia fondeó en el puerto de El
Callao a principios del mes de noviembre de 1819. Thomas Cochrane, Op. Cit.,
p. 16.
[35] Certificación del Teniente Jonnes,
comandante de la fragata de guerra Macedonia, traducida del inglés, el 7 de
febrero de 1821 en México, por Mariano José Giral, AGNM,
Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 268-268v.
[36] La captura de la Esmeralda fue una
hazaña ampliamente comentada ya que significó una derrota importante para la
marina española. Thomas Cochrane,
Op. Cit., pp. 85-91.
[37] Carta del capitán Rakcliffe Hicks a
las autoridades del puerto de Acapulco, Acapulco 27 de enero de 1821, traducida
por María José Giral en México el 7 de febrero de 1821, AGNM,
Marina, vol. 268, exp. 13, f. 267 y carta de José de San Martín al capitán
Hicks de la Fragata La Luisa, fechada
el 26 de diciembre de 1821 en Huaura, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, f. 269.
[38] Cochrane enarboló su
bandera en la fragata O´Higgins,
desde 1818. Thomas Cochrane, Op. Cit., p. 19.
[39] Thomas Cochrane, Op. Cit., p. 95-97.
[40] Carta de Nicolás Basilio Ramón Rionda
de la Gándara, gobernador y ministro contador de la caja de Acapulco, al virrey
conde de Venadito, 28 de enero de 1821, AGNM,
Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 273-274v.
[41] En Carta fechada el 4 de febrero de
1821 Iturbide le comunicaba a Guerrero que se dirigía a Chilpancingo donde
podían establecer pláticas. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la
Revolución Mexicana (en adelante INERHM), Del
Plan de Iguala a los Tratados de Córdoba, colab. Perla Chinchilla, México,
Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la
Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana, 1985, p.
37-38.
[42] Informe del Ministro contador de la
caja real de Acapulco al virrey Conde del Venadito, Acapulco, 14 de marzo de
1821, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 295-296.
[43] Ídem.
[44] Las fragatas Prueba y Venganza eran
embarcaciones de 50 y 42 cañones, respectivamente, Thomas Cochrane, Op. Cit.,
pp. 17 y 33.
[45] Carlos Navarro y Rodrigo, Op. Cit., pp. 98-99. El coronel Nicolás
Basilio de la Gándara nació en Santander, España, en 1772, llegó a Nueva España
en 1789, en 1810 se alisto en las tropas como voluntario, participando en las
campañas militares en contra de los insurgentes de Oaxaca, Michoacán y la
región que actualmente es el estado de Guerrero, fue hecho prisionero por su
adhesión al Plan de Iguala y murió en 1837 o 1839. Agustín de Iturbide, La correspondencia de Agustín de Iturbide
después de la proclamación del Plan de Iguala, con una advertencia y una
introd. por Vito Alessio Robles, México, Secretaría de la Defensa Nacional,
1945, 2 vols., nota a pie de página 4, p. 156.
[46] Lucas Alamán, Op. Cit., pp. 124-126 e INEHRM, Op.
Cit., p. 19.
[47] Lucas Alamán, Op. Cit., pp. 85-86 y Francisco Castellanos, Op. Cit., pp. 87-89.
[48] Josefa Vega, Op. Cit., p. 61 y Francisco Castellanos, Op. Cit., p. 90.
[49] Informe probable del Fiscal de la Hacienda
Pública, México 20 de febrero de 1821, AGNM,
Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 275-292v., e Informe del Licenciado Pavón, asesor comisionado de la
Real Hacienda, México 7 de Abril de 1821, AGNM,
Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 297-308v.
[50] Informe del Licenciado Pavón, asesor
comisionado de la Real Hacienda, México 7 de Abril de 1821, AGNM,
Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 297-308v.
[51] Carta de Horacio Rogers a S.A.S.
Agustín de Iturbide, presidente de la regencia del Imperio de México, México 31
de marzo de 1822. AGNM, Gobernación del
siglo XIX, vol. 40/4, sin sección, exp. 37.
[52] Expediente de naturalización de
Rakcliffe Hicks, Secretaría de Justicia y Negocios Eclesiásticos, mesa 2ª, 2ª,
LG. 3º, fs. 158 vuelta. AGNM, Justicia, vol. 121, exp. 59, f. 308.
[53] Ídem.
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