viernes, 30 de noviembre de 2018

Armas para el Plan de Iguala.
El tráfico marítimo de armas para la insurgencia de Iturbide, un plan fallido en el puerto de Acapulco en 1821
Germán Luis Andrade Muñoz
Introducción
En 1821 arribó al puerto de Acapulco la fragata mercante norteamericana La Luisa que, según dijo su capitán el norteamericano Rakcliffe Hicks, en su cargamento incluía armas para el ejército español del Perú. Sin embargo, la coincidencia del arribo del buque con los planes del oficial realista Agustín Iturbide de hacer su propia emancipación de la América Septentrional, llama a hacer una reflexión del papel que tuvieron los marinos norteamericanos en el comercio y tráfico de armas a las posesiones hispanoamericanas, aprovechando el estado de descomposición del imperio, para abastecer tanto a las tropas realistas como a las insurgentes, permitiéndonos conocer las rutas marítimas de este tipo de comercio, sus contactos en tierra y las argucias que, en algunos casos, esgrimieron para hacer pingües negocios.
Los planes libertarios de Agustín de Iturbide
Con el retorno a la constitución de Cádiz y al liberalismo en España, en 1820, a consecuencia del levantamiento del coronel Rafael de Riego. A la oligarquía novohispana no le convenía seguir manteniendo los lazos con la corona española, por lo cual consideraban necesario abrazar la causa de la independencia, pero no la sostenida por gentes como Miguel Hidalgo, José Maria Morelos, Vicente Guerrero o Guadalupe Victoria, cuyas fuerzas estaban constituidas por una plebe formada por españoles, americanos y peninsulares pobres, mestizos, mulatos e indígenas. Al contrario requerían de una revolución hecha a modo, cuya cabeza velara por los intereses de las familias prominentes del virreinato. En estas circunstancias el coronel Agustín de Iturbide, exjefe realista famoso era la persona más idónea para llevar a cabo dichos planes.
Es así que en el mismo año de 1820, a Iturbide se le ofreció reincorporarse a las fuerzas realistas como jefe de la comandancia del sur, a la cual había renunciado el coronel José Gabriel de Armijo.[1] La rebelión del general Rafael de Riego, había eliminado la posibilidad de que llegaran las tropas peninsulares de refresco comandadas por el conde de la Bisbal, Enrique José O'Donnell, para lograr aplastar los diferentes movimientos insurgentes, principalmente el encabezado por Vicente Guerrero. Por ello, el virrey Juan Ruiz de Apodaca, conde del venadito, se vio obligado a recurrir a los oficiales y las tropas americanas para continuar la lucha en contra de los insurgentes. Sin embargo, para Iturbide, el encargo tenía la finalidad de hacerse de un mando desde donde poder impulsar sus propios proyectos de independencia,[2] según Josefa Vega:
En los planes que Iturbide tenía al aceptar el mando del Ejército del Sur sin duda no entraba llegar a una alianza con los insurgentes a los que iba a combatir. Su idea era acabar con ellos y entonces ya sí, sin peligro, proclamar la independencia de la que él sería el único artífice y que contaría con el aplauso de la oligarquía criolla que tanto confiaba en él.
El 13 de noviembre de 1820, Agustín de Iturbide recibe el nombramiento de comandante del ejército del sur con la misión de acabar con las fuerzas insurgentes de Vicente Guerrero. El día 16 del mismo mes, salió de la ciudad de México, para hacerse cargo de las tropas reales que operaban en el sur.[3] Sin embargo, antes de partir, su principal tarea fue sondear la opinión de la aristocracia, hombres ricos y de sus oficiales,[4] además de allegarse la mayor cantidad de tropas leales, dinero y armas, con lo cual lograría la realización de sus proyectos independentistas.
Antes de tomar posesión de su cargo militar, Agustín de Iturbide obtuvo del virrey la concesión de la transferencia de los Regimientos de Celaya y la Caballería de la Frontera al sur, fuerzas que estuvieron bajo su mando cuando fue comandante militar de la región norte de Nueva España. Ya establecido su cuartel del sur, en el poblado de Teloloapan, continuó solicitando más tropas y dinero.[5] Además, según menciona Lucas Alamán, para hacerse de dinero Agustín de Iturbide, logró convencer al virrey de enviar el producto de las ventas de mercancías que llegaron a Nueva España en la nao de China, lo que le permitió apoderarse de 525 000 pesos.[6] Al respecto Vera Valdez Lakowsky comenta:
La última nave, Rey Fernando, llegó a Acapulco en 1815, justo cuando se suprimió la circulación de los galeones tradicionales, para dar paso según la usanza del periodo, a naves de registro, en las que podían participar comerciantes ajenos a las estructuras consulares. Y es aquí donde se halla un dato curioso, aunque en su oportunidad debió ser dramático. Para financiar la guerra de Independencia Iturbide tomó la conducta con 500 mil pesos de plata que iba destinada a resarcir el comercio de Manila. Fue algo así como la primera deuda exterior de México, para cuyo pago se recurrió a los derechos de catedrales.[7]
También, Agustín de Iturbide, desde su nombramiento se dedicó a rodearse de los antiguos oficiales y soldados realistas que estuvieron a su mando, a los cuales tuvo la confianza de explicar sus secretos planes independentistas.[8] Al contrario de la larga cadena de triunfos obtenidos hasta 1816 en el norte del virreinato, en el sur los fracasos se fueron sucediendo para Iturbide. La resistencia sostenida por los hombres de Guerrero estaba retrasando sus proyectos, por lo que se vio en la necesidad buscar pactar con ellos e incluirlos en sus planes.[9]
Es así que, primero, ofreció un indulto general, al cual se acogieron pocos insurgentes en los últimos días de 1820. Entre los insurrectos que lo aceptaron estaban el norteamericano John Davis Bradburn y doce combatientes más. Cabe recordar que Bradburn había participado con los filibusteros y corsarios que apoyaban los distintos movimientos independentistas en Hispanoamérica y colaborado con insurgentes novohispanos, como Juan Pablo Anaya, durante su estancia en Nueva Orleans, de 1814 a 1816.[10] Había llegado a Nueva España con la expedición de Javier Mina. Sin embargo, cuando éste fue derrotado y fusilado, intentó crear un movimiento guerrillero en Michoacán, pero el movimiento no logro prosperar por lo que termino uniéndose a las fuerzas de Vicente Guerrero.
A Bradburn, al contrario de otros insurgentes indultados, Iturbide le concedió el perdón pero no el retorno a su tierra, al contrario, lo nombró su ayudante, sirviéndole al comandante realista de negociador con Guerrero y, como probable contacto con los traficantes de armas norteamericanos que merodeaban por las posesiones españolas americanas.[11]
El 10 de enero de 1821, Agustín de Iturbide inicio contacto epistolar con Guerrero, primero, invitándolo a someterse al gobierno, bajo la promesa de dejarlo al mando de sus fuerzas y, segundo, si el plan de independencia fracasaba, que Iturbide lucharía con las armas para instaurarla, la primera respuesta de Guerrero fue el rechazo al indulto, considerándolo una ofensa, no obstante, ante la posterior propuesta aceptaba unirse al plan si se conseguía con él la independencia total del virreinato.[12]
La fragata angloamericana La Luisa, un buque con muchas sorpresas
Mientras se desarrollaban las pláticas entre realistas e insurgentes, a las cinco de la tarde del 25 de enero de 1821 arribó al puerto de Acapulco la fragata angloamericana La Luisa, de 276 toneladas y originaria de Providence, Rhode Island, la cual había partido con derrotero al Perú, según afirmó el capitán Rakcliffe Hicks, de Río de Janeiro el 14 de octubre de 1820 con un cargamento de harina y otros efectos que le fueron permitidos comerciar por el virrey del Perú con la condición de que también condujera cincuenta cajones que contenían mil fusiles y bayonetas, municiones, jarcia inglesa y rusa para el ejército y los buques de la Real Armada del virreinato peruano,[13] pero como el puerto sudamericano estaba bloqueado, Hicks optó por dirigirse al puerto de Acapulco a fin de entregar las armas a los realistas de estas latitudes.[14]
No era la primera vez que la fragata La Luisa arribaba al virreinato de Nueva España, en otras ocasiones lo había realizado en las costas del Seno Mexicano, de las cuales tenemos las siguientes noticias: A las cinco de la tarde del 10 de enero de 1798, en plena primera guerra naval entre España y Francia contra Inglaterra y Portugal, arribó a un costado del galerón del destacamento de la Punta de Antón Lizardo, a una distancia aproximada de tiro de cañón, un buque que, las autoridades de Veracruz, consideraron inglés por la bandera que portaba, poniendo en estado de alerta a las tropas del puerto, quienes dispusieron vigías ante una posible invasión.[15]
Al día siguiente, ante la inactividad del buque extranjero, las autoridades del puerto decidieron inspeccionarlo y tomar noticias de su arribó, siendo recibidos por el capitán Robert Stanley y el maestre Pablo Comins, quienes les informaron que el buque realizaba travesía del puerto de Baltimore a Nueva Orleáns, pero la falta de víveres y la rotura del palo mayor los había obligado a recalar en las costas del virreinato.[16]
Para realizar las reparaciones y compra de víveres que necesitaba La Luisa, Stanley y Comins solicitaron un permiso para poder vender en Veracruz “algunos efectos” que transportaban, los cuales consistían en siete pipas de aguardiente, cincuenta cuarterolas de vino jerez, 220 sacos de pimienta, queso de Flandes, veinte barriles de cerveza, cuatro cajones de papel y diez barriles de vino tinto, perteneciente a Mariano Álvarez, armador, dueño del buque y vecino de la ciudad de Filadelfia, pero que se habían registrado a nombre de Roberto Guilmar “para que no fuera confiscada por los ingleses”.
Las autoridades de la Real Hacienda se negaron a tal petición, al contrario, no encontraron ningún problema en otorgarles un préstamo para proveer los víveres y el palo mayor para que el buque “declarado perteneciente a potencia amiga y su carga a vasallos de nuestro rey” continuara su viaje “teniendo que abonar en Nueva Orleáns los adeudos a cuenta del situado”. Sin embargo, el maestre Pablo Comins siguió insistiendo, no la venta de algunos efectos, sino a la descarga completa la carga para poder hacer “un prolijo reconocimiento y composición” de su buque, lo que acarrearía muchos trabajos, por ello, solicitaba poder vender todo el cargamento en el puerto de Veracruz, acción a la que no accedieron las autoridades ya que, según verificaron, los daños eran mínimos y se podían reparar con una ligera carena.[17]
Después de una larga estancia en Veracruz, y un sinfín de misivas del virrey por apremiar su salida, La Luisa logró zarpó el 16 de febrero de 1798 con rumbo a Nueva Orleáns, ya que Stanley pudo reparar y comprar lo necesario, gracias al permiso que obtuvo Comins del “virrey” para vender todos los géneros que transportaban, dejando a las autoridades del puerto novohispano metidas en un embrollo de solicitudes de información de los oficiales de la Real Hacienda, ya que desconocían la supuesta autorización, encontrando siempre la misma respuesta del teniente letrado de la intendencia de que había obrado como se le había ordenado, pero que antes fue muy oficioso en conseguir el permiso de la descarga, aunque al virrey Branciforte se le informó que el maestre Comins no tuvo necesidad de que se le facilitara el dinero de la Real Hacienda ya que había conseguido a una persona, Ignacio de la Torre del comercio de Veracruz, que se lo proporcionó.[18]
La fragata La Luisa volvió a aparecer el 30 de marzo de 1799 en el puerto de Veracruz procedente de Nueva York, sin el correspondiente registro, aduciendo que fue detenido por una balandra y una goleta inglesas para su revisión, por lo cual el sobrecargo Miguel Le Boufieller tiró los registros al mar. Después de un largo litigio, donde participó el comerciante Ignacio de la Torre, dueño de la carga, ante las autoridades de la Real Hacienda, quienes a final de cuentas la declararon debidamente acreditada.[19] Saliendo al puerto peninsular de Santander, el 8 de junio, con un transporte de 500 quintales de palo de tinte de Campeche, 150 tercios de purga de Jalapa, once zurrones de añil de Tonalá, 178 tercios de Cacao de Guayaquil y 100 tercios de algodón en pepita,[20] al parecer sin tener un incidente similar.[21]
La documentación consultada nos permite apreciar, que las rutas comerciales seguidas por la fragata angloamericana a finales del siglo XVIII, algunas veces tocaban al puerto de Veracruz, casos que vemos ligados a la existencia de la primera guerra naval en que participaron España y Francia en contra de Inglaterra y Portugal, donde el buque y su tripulación realizan un tráfico comercial licito o ilícito, este último al igual que otros marinos, mediante una arribada maliciosa, concepto utilizado por Julio Cesar Rodríguez Treviño, el cual consistió en entrar a un puerto español sin permiso ni razón legitima, pretextando la necesidad de realizar reparaciones, requerir de bastimentos o estar en peligro de ser capturadas por fuerzas enemigas.[22]
Sin embargo, las actividades de la embarcación y sus tripulantes no solo se constriñeron al Atlántico, ni al comercio o contrabando de mercancías. Como veremos más adelante, ya que se ampliaron hasta las costas del Pacífico.
Unas armas para Perú que terminaron en Acapulco.
Volviendo a los acontecimientos motivo de estudio del presente trabajo El arribó de La Luisa y su cargamento de armas en 1821, alertó a las autoridades navales y militares del puerto de Acapulco, quienes pusieron al buque en custodia bajo el fuego del Castillo de San Diego[23] e iniciaron una investigación exhaustiva con la finalidad de conocer el motivo de su entrada y el origen del cargamento de armas que llevaba.
Según la narración del capitán Rakcliffe Hicks, La Luisa había dado vela en el puerto de Nueva York en 1819, con un cargamento de harina que compró en Lima, Perú. En esa ocasión el virrey del Perú le concedió a Hicks licencia de regresar con el cargamento que considerara mas apropiado para lucrar, pagando menos derechos, con la condición de transportar mil fusiles y jarcia para el ejército y la armada reales concentrados en El Callao. Con esa finalidad, La Luisa arribó a Río de Janeiro donde el enviado extraordinario y ministro plenipotenciario español ante el rey de Portugal, conde de Casa flores, le extendió un salvoconducto abierto de libre transito para poder llevar las armas al Perú y recibir la ayuda de los buques de guerra españoles.[24]
En la misma carta, según Hicks, el ministro prevenía al capitán que si la costa del Perú estaba bloqueada por la escuadra chilena, quedaba en libertad para dirigirse a cualquier puerto en el océano Pacífico de los dominios de su majestad el rey de España para ser recibido y poder disponer de su cargamento como mejor se considerase.[25] Así La Luisa salió de Río de Janeiro el 14 de octubre de 1820 con rumbo a Lima, sin hacer escala en ningún puerto intermedio. Sin embargo, el 2 de diciembre fue apresada en las inmediaciones de la isla de San Lorenzo, a tres millas del puerto del Callao, por la fragata insurgente O´Higgins, al mando del almirante lord Thomas Cochrane, quien llevó al buque y su tripulación al pequeño puerto de Huacho, muy cercano a Lima,[26] donde estaba parte de la flota chilena y el ejército expedicionario del general San Martín, aprestándose para invadir al virreinato de Perú.[27]
Viendo la imposibilidad de poder escapar, Hicks destruyó los documentos españoles que llevaba y tomo la determinación de declarar que su derrotero era con destino a la Columbia británica. Providencialmente al puerto de Huacho, donde La Luisa se encontraba apresada, arribó la fragata norteamericana de guerra La Macedonia, cuyo capitán Donnes o Jonnes tomó la decisión de preservar la vida, los derechos y la carga que transportaba su compatriota y apoderándose del barco de Hicks lo liberó el 23 o 28 de diciembre, picando anclas y custodiándolo hasta mar abierto para seguir con rumbo al norte en busca el puerto de Acapulco, al cual arribó en enero de 1821.[28]
Las contradicciones en la información proporcionada por Rakcliffe Hicks son muy evidentes a lo largo del texto. En primer lugar, mencionaba que había salido de Lima en 1819 con un cargamento de harina para venderlo en Nueva York, mientras que entre los efectos que llevaba en 1820, de Río de Janeiro a Lima, se encontraban varios barriles de harina, mismo producto que había transportado un año antes de las posesiones españolas al puerto angloamericano.
En segundo lugar, sostenía que el virrey del Perú le había solicitado llevar armas de Río de Janeiro a Lima, a cambio de concesiones para traficar mercancías, y más adelante relataba que había cuatro buques que saldrían a Lima pero ninguno quiso llevar las armas por el alto riesgo, excepto el capitán Hicks, por lo que el enviado extraordinario y ministro plenipotenciario español en Río de Janeiro le ofreció una buena recompensa.[29] Si bien, es cierto que el conde de Casa Flores, realizó una ardua labor para fletar naves que transportaran al virreinato del Perú no armas, sino oficiales fugados del Río de la Plata, municiones navales y de guerra, dato que fue omitido por Hicks, encontrando la negativa de las casas comerciales españolas e inglesas establecidas en el puerto brasileño, por el temor a los corsarios y buques insurgentes chilenos.[30]
Otro dato, del cual el capitán de la fragata La Luisa no tuvo conocimiento, es que el proyecto de fletar buques para el transporte de tropas y municiones fue ideado por el mismo conde de Casa Flores, sin el concurso del virrey del Perú, mismo que fue propuesto al rey en carta reservada del 9 de abril de 1819, donde el conde agradecía la aprobación real el 19 de agosto del mismo año, manifestando que “no tema S. M. dificultad en que me separe de las reglas establecidas, por las leyes de Indias, su venia el rey N. S. en concederme una facultad ilimitada”.[31] Como se puede apreciar las fechas entre ambas cartas, más o menos coinciden con el tiempo en que La Luisa realizaba su supuesta travesía del Perú a Nueva York, pudiendo ser que en una escala en Río de Janeiro tuviera noticias de la necesidad de barcos para hacer viaje al Callao, ya fuera por solicitud del mismo Casa Flores o por noticias de otros marinos.
Otra cosa que el capitán del buque angloamericano desconocía era que en la misma carta reservada el ministro plenipotenciario informaba de ya haber enviado una fragata del comercio de Cádiz, armada en corso, y un buque ballenero americano que iba con rumbo al Pacífico, barcos que llegaron sin ningún problema.[32] Información que nos permite suponer, muy remotamente, que Hicks y su buque pudieron ser los balleneros que se dirigían al Pacífico y tomaron el riesgo de llevar a los oficiales y las municiones españolas al Callao en 1819, o simplemente tuvieron noticias de las necesidades del virreinato peruano, lo que les brindaba la oportunidad, en 1820, de transportar y vender armas a las fuerzas beligerantes, realistas o insurgentes, existentes en las posesiones españolas de América.
En tercer lugar, dijo buscar arribar al puerto realista de Acapulco para entregar las armas, y en otra parte, mencionaba que sólo había arribado a dicho puerto para reemplazar las anclas perdidas en Huacho y abastecerse de agua y provisiones, para continuar a la Columbia, por ello suplicaba le permitieran vender su cargamento, pero más adelante mencionaba que la mayoría de la mercancía que traía estaba pensada para el mercado de Lima, por lo cual solicitaba venderla en Acapulco con el pago menor de derechos.[33]
En cuarto lugar, planteaba la aventura de eludir a las fuerzas insurgentes chilenas, con ayuda del capitán de la fragata Macedonia,[34] hecho que avaló con una carta supuestamente firmada por el capitán norteamericano Donnes o Jonnes.[35] Hazaña que presentaba una similitud extraordinaria a la efectuada por el almirante Thomas Cochrane para capturar a la fragata Esmeralda, barco español, que tomaron por sorpresa los marinos chilenos, en la medianoche del 5 de noviembre de 1820, cortando las amarras de la embarcación después de una rápida escaramuza. Esta acción fue presenciada por los tripulantes de las fragatas de guerra norteamericana la Macedonia y la británica el Hyperion, que se encontraban apostados permanentemente en el Callao, para defender los intereses comerciales de sus respectivos países y no en Huacho, como Hicks afirmaba.[36] Como muchos otros sucesos la hazaña de los chilenos pudo ser contada entre los marinos llegando a oídos de Hicks quien la incorporó como propia a la historia que narró a las autoridades del puerto de Acapulco.
En quinto y último lugar, Hicks mencionaba que el general San Martín le ofreció la libertad, a cambio de venderle las armas que llevaba, dato que también documentaba con otra carta supuestamente firmada por el libertador sudamericano.[37] Para las fuerzas chilenas que combatieron en Perú y para su comandante el diablo, epíteto puesto por los españoles al comandante de las fuerzas navales chilenas, Thomas Cochrane,[38] la captura de un buque que llevara tan grande cantidad de armamento y pertrechos navales hubiera sido una hazaña similar a la captura de la Esmeralda, sin embargo, Cochrane nunca lo menciona. Más aun, si esto ocurrió, pudo ser un motivo más de conflicto entre él y el general San Martín, relaciones que ya se encontraban en términos hostiles por la resolución de este último a concentrar las tropas libertadoras en Huacho y no emprender acción en contra de los españoles como el almirante inglés le solicitaba.[39]
Al parecer, los únicos que creyeron la historia de Hicks fueron el coronel Nicolás Basilio de la Gándara, gobernador y ministro del puerto de Acapulco y el comandante del ejército realista del sur Agustín de Iturbide. El primero, en una extensa carta dirigida al virrey Conde del Venadito mencionaba que la fragata La Luisa arribó a Acapulco para evitar caer por segunda vez presa de los enemigos de España, por lo cual él consideraba que: “... permitírsele salir de aquí, serian mayores los daños, por que podrían [la fusilería y la jarcia] caer en manos de los insurgentes de esta costa ya enteramente pacificada por la muy premeditadas y bien acertadas determinaciones de V. E.”, solicitando dejar los fusiles en posesión del gobernador y permitir el desembarco de la demás carga.[40]
Armas para el Plan de Iguala, la verdad queda descubierta
Mientras que Agustín de Iturbide continuaba con el intercambio epistolar el 4 de febrero con Guerrero, para convencerlo de adherirse a su plan,[41] el día 17 del mismo mes intentó convencer al contador de la caja de Acapulco de lo conveniente de desembarcar las armas para brindar un mejor servicio al rey, sin que fuera necesaria una licencia del virrey, pues así lo exigían las circunstancias militares del momento, pidiéndole su cooperación y no presentar ninguna oposición.[42]
A partir de aquí, los hechos se sucedieron rápidamente, el 20 de febrero de 1821, Nicolás Basilio de la Gándara fue uno de los primeros militares que se adhirió al Plan de Iguala, teniendo la comisión de sublevar al puerto de Acapulco, tomando el cargo de gobernador interino y estableciendo un ajuste con Hicks, en virtud de las facultades otorgadas por Iturbide para comprar los fusiles a diecisiete pesos cada uno. El día 24, mismo día en que Iturbide proclamaba el Plan de Iguala, los fusiles fueron sacados de la fragata norteamericana y llevados a la fortaleza, siendo recibidos por el apoderado del puerto José María de Ageo, alcalde de Acapulco.[43] Sin embargo, con el arribó de las fragatas de guerra Prueba y Venganza,[44] las cuales venían de Guayaquil para evitar ser capturadas por la escuadra de Cochrane, alentó a los pobladores fieles al rey de España a realizar una contrarrevolución, lo que obligó a los hombres de Iturbide a huir, sin tener tiempo para llevarse las armas.[45]
Tres días después el virrey Apodaca recibió el Plan de Iguala.[46] El 1º de marzo Iturbide fue elegido como primer jefe del ejército de las tres garantías, dedicándose a buscar más adhesiones. Al contrario de sus expectativas, algunas de sus tropas comenzaron a desertar. El 14 de marzo, mientras que Iturbide concluía sus negociaciones con Guerrero en Teloloapan,[47] el virrey tomó la determinación de declararlo fuera de la ley y el Ayuntamiento de México, de manera ambivalente, emitió una proclama llamando a la población a no apoyarlo y puso obstáculos para que el virrey combatiera la rebelión de manera eficaz.[48]
Mientras esto pasaba en el ámbito político militar novohispano, las autoridades de la Real Hacienda Pública decidían la suerte de La Luisa, su capitán, tripulación y carga. Considerando que el cargamento no era legal, al no existir documentos que probaran lo contrario y los que existían: el recibo del almirante Cochrane y la carta del general San Martín, no se podían certificar. Además era dudosa y risible la facilidad con que Hicks y su carga se pudo librar en Huacho, así como la intención de San Martín de trocar la libertad de los tripulantes de La Luisa por la venta de los fusiles. También era sospechoso que el capitán buscara refugiarse en Acapulco, siendo que lo podía hacer en el puerto de Panamá, a lo cual se sumaba “la buena fe” de Gandara y del ministro contador de Acapulco y la larga estancia sospechosa del buque en el puerto novohispano. Además de haberse contravenido el articulo 17 del tratado de amistad, limites y navegación de España y los Estados Unidos de Norteamérica.[49]
Por ello, se recomendaba que la fragata fuera considerada buena presa, la cual debía ser embargada junto con los fusiles, la jarcia y el cargamento, mientras que al capitán y la tripulación se les examinaría hasta saber con certeza su procedencia, destino y demás datos que permitieran conocer los puertos que tocaron y la ruta de navegación que siguieron. Mientras se realizaban las diligencias necesarias, los gastos de manutención de la tripulación correrían por cuenta de ellos mismos. Aunque, para evitar problemas diplomáticos, se consideraba pertinente que abandonaran el país lo más pronto posible sin la posibilidad de llevarse las armas que pudieron servir a la insurgencia de Agustín de Iturbide.[50]
Podríamos conjeturar que el arribó de la fragata La Luisa pudo ser un acontecimiento fortuito dentro del ámbito novohispano, que fue aprovechado por el genio de Agustín de Iturbide para alcanzar sus planes independentistas de la América Septentrional. Sin embargo, cuando la independencia fue consumada en 1822, el encargado de la tesorería de la regencia del imperio mexicano, José Manuel de Herrera, giró una orden de pago por el concepto de 4836 pesos, 5 reales, 8 granos a favor de Horacio Rogers, agente del propietario del buque La Luisa, cantidad que no se menciona el concepto y que no fue pagada por no haber fondos en las arcas, ya que las tropas del imperio eran primero, situación que disgusto a Rogers quien reclamó a Iturbide “de que este gobierno jamás se comprometiera en empeños que no hubiera de cumplir.[51]
Aun así el dinero no fue pagado inmediatamente ya que en 1825, el capitán Rakcliffe Hicks vuelve a mencionar el acontecimiento con motivo de su solicitud de naturalización para vivir en México, que fue presentada el 9 de septiembre, y poder dedicarse a la actividad minera.[52] Para lo cual declaró ser natural de Providence, Estados Unidos, acreditando con un certificado firmado por varios comerciantes extranjeros y nacionales profesar la religión católica, con moral irreprochable y poseer un caudal considerable, además de hacer presente que “ desde el año de 21 [sic] arribó a nuestras costas con su fragata en que condujo efectos y pertrechos de guerra que ofreció y le sirvieron al señor Iturbide para lograr la independencia, y cuyo pago se le está haciendo parcialmente”,[53] resta decir que dicha solicitud fue remitida por el Despacho de Justicia y Negocios Eclesiásticos a la cámara de diputados el 21 de abril de 1826 con una recomendación especial,[54] otorgada por sus servicios como contrabandista de armas para lograr la emancipación de la nación mexicana.

Conclusiones
Se podría considerar el arribó de la fragata La Luisa y el tráfico de armas como un hecho particular y aislado de una coyuntura específica, como fueron los procesos armados de independencia que se realizaron durante la segunda y la tercera década del siglo XIX en la América española. Sin embargo, el análisis de un período mas largo, nos permite observar como algunos dueños y maestres de buques mercantes angloamericanos aprovecharon los diferentes estados de guerra por los que transitó el imperio español y sus colonias para efectuar negocios muy lucrativos, muchas veces en contubernio con funcionarios o personajes de las colonias, conduciendo contrabando o armas, acciones que podemos constatar revisando los hechos acaecidos anteriormente, en los que participó la fragata La Luisa.
Antes de las luchas independentistas en Nueva España, la tripulación y dicho buque llevaban varios años realizando tratos comerciales no del todo lícitos bajo diferentes pretextos como fue la necesidad de arribar a las costas del seno mexicano novohispano para efectuar reparaciones y compra de víveres para seguir su travesía, para lo cual solicitaron permisos para vender la mercancía que transportaban, mismos que les fueron negados por las autoridades virreinales pero obsequiados por algunos funcionarios menores, con la colaboración de algunos comerciantes. Esto nos permite apreciar la existencia de redes de comercio ilegal donde participaban, por un lado, marineros norteamericanos y, por otro lado, funcionarios reales y comerciantes novohispanos. Relación que, con el paso de los años, los acontecimientos políticos y militares en las posesiones españolas, se extendió al apoyo del movimiento insurgente de Agustín de Iturbide, mediante abastecimiento de armas. Donde podemos inferir una participación de las elites locales, antes, durante y después de la independencia, ligadas a comerciantes extranjeros con el doble propósito de aprovechar e influir en las circunstancias políticas para hacer pingües negocios y preservar sus privilegios.

Fuentes
Archivo
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Ramo Estado
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[1] El Lucas Alamán, Historia de México: desde los primeros movimientos que prepararón su independencia en el año de 1808 hasta la época presente, México, Instituto Cultural Helénico / Fondo de Cultura Económica, 1985, vol. 5, pp. 63-64, y Francisco Castellanos, El trueno: gloria y martirio de Agustín de Iturbide, México, Diana, 1982, pp. 77-79.
[2] Lucas Alamán, Op. Cit., p. 57.
[3] Lucas Alamán, Op. Cit., pp. 67-68, y Josefa Vega, Agustín de Iturbide, Madrid, Historia 16, Ediciones Quórum, Sociedad Estatal para la Ejecución de Programas del Quinto Centenario, 1987, p. 55.
[4] Josefa Vega, Op. Cit., p. 56.
[5] Ídem, p. 55.
[6] Lucas Alamán, Op. Cit., pp. 95-96, y Carlos Navarro y Rodrigo, Agustín de Iturbide: vida y memorias, advertencia de Ángel Pola, México, A. Pola, 1906, p. 55.
[7] Y abunda más: “Se considera que debió saldarse en su mayor parte hacia 1828, aun cuando, quizá por el retraso en los pagos, se originaron cantidades acumuladas, y aun en 1834-1835 se presentaron reclamaciones al respecto, por parte de los representantes del comercio filipino; cuya huella, por cierto, al incendiarse el cajón de ropa o Parían mexicano en ese mismo año de 1834, se hace más difícil de seguir. Valdés, Vera Lakowsky, “La plata: eslabón de las relaciones mexicano-filipinas”, en Cruz Guerrero, Gemma... [et al.], El Galeón de Manila: un mar de historias: Primeras Jornadas Culturales Mexicano-Filipinas, presentación Lothar Knauth, pról. Cristina Barrón Soto, Andrés del Castillo Sánchez, México, JGH Editores, 1997, pp. 52-53
[8] Lucas Alamán, Op. Cit., pp. 71-73.
[9] Josefa Vega, Op. Cit., p. 56.
[10] Johanna von Grafenstein, “Patriotas y piratas en un territorio en disputa, 1810-1819”, revista electrónica Theorethikos, El Salvador, Universidad Francisco Gavidia, año III, número 1, enero-marzo de 2000, p. 18.
[11] Lucas Alamán, Op. Cit., p. 79, y Josefa Vega, Op. Cit., p. 55.
[12] Josefa Vega, Op. Cit., pp. 56-57.
[13] Archivo General de la Nación, México (en adelante AGNM), Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 262-262v.
[14] Informe de Nicolás Basilio Ramón Rionda de la Gándara, gobernador y ministro contador de la caja de Acapulco, al virrey conde de Venadito, México 26 de enero de 1821, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 263.
[15] Carta nº 593 del Virrey de Nueva España, Marqués de Branciforte, al Príncipe de la Paz, dando cuenta con testimonio del expediente sobre el arribo a Veracruz del bergantín americano 'La Luisa', y de su salida para su destino de Nueva Orleáns Orizaba 28 de febrero de 1798, Archivo General de Indias, España (en adelante AGI), ES.41091.AGI/1.16417.2.8//ESTADO,27,N.33, fs. 1-29.
[16] Informe de Francisco Antonio de Rodal, Veracruz, 11 de enero de 1798, AGI, ES.41091.AGI/1.16417.2.8//ESTADO,27,N.33, fs. 5-7 y AGNM, Marina, vol. 125, exp. 7, fs. 67-95.
[17] Ídem.
[18] Informe del gobernador político y militar de Veracruz, Diego García Panes, AGNM, Marina, vol. 125, exp. 8, fs. 95-155 y exp. 9, fs. 156-206.
[19] AGNM, Marina, vol. 130bis, exp. 6, fs. 128-169.
[20] Registro de salida de la fragata La Luisa del puerto de Veracruz con destino al de Santander, Veracruz, 8 de junio de 1799, AGNM, Marina, vol. 132, exp. 42, fs. 533-534.
[21] Misma circunstancia que podemos apreciar en su salida del 21 de noviembre de 1808 cuando partió de Veracruz al puerto de Maracaibo. AGNM, Consulado, vol. 61, Exp. 7, fs. 121-125.
[22] Luis Navarro García, “América. siglo XVII”, en Javierre, José María (coordinador), Gran enciclopedia de España y América, Madrid, Espasa-Calpe / Argantonio, tomo V “Desarrollo, Independencia siglos XVII, XVIII, XIX”, segunda parte, capitulo 2, 1984, pp. 117-118, Andrade Muñoz, Germán, “La costa de sotavento, los proyectos de real Astillero y su importancia estratégica para el imperio español, en el siglo XVIII”, tesis de licenciatura, México, Escuela Nacional de Antropología e Historia, 2001, p. 101 y Rodríguez Treviño, Julio Cesar, “Los corsarios hispanos y franceses en el Seno Mexicano, 1796-1808. ¿Combatientes o cómplices del comercio ilícito?”, México, tesis de maestría en historia moderna y contemporánea, Instituto Mora, 2007, p. 31.
[23] Informe de Nicolás Basilio Ramón Rionda de la Gándara, gobernador y ministro contador de la caja de Acapulco, al virrey conde de Venadito, México 26 de enero de 1821, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 263-263v.
[24] Carta del capitán Rakcliffe Hicks a las autoridades del puerto de Acapulco, Acapulco 27 de enero de 1821, traducida por María José Giral en México el 7 de febrero de 1821, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, f. 265-266.
[25] Ídem.
[26] Desde 1818, el Huacho fue utilizado, por el Almirante Thomas Cochrane, como puerto de abastecimiento de agua y víveres para la escuadra chilena que mantuvo bloqueado el puerto de El Callao. Thomas Cochrane, Memorias de Lord Cochrane, Conde de Dundonald, Madrid, Editorial América, 1923 [1863], p. 21-22.
[27] Recibo firmado por Lord Cochrane en Bahía del Callao el 2 de diciembre de 1820, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, f. 270
[28] Carta del capitán Rakcliffe Hicks a las autoridades del puerto de Acapulco, Acapulco 27 de enero de 1821, traducida por María José Giral en México el 7 de febrero de 1821, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, f. 265-266, e Informe de Nicolás Basilio Ramón Rionda de la Gándara, gobernador y ministro contador de la caja de Acapulco, al virrey conde de Venadito, México 26 de enero de 1821, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 263-263v.
[29] Carta del capitán Rakcliffe Hicks a las autoridades del puerto de Acapulco, Acapulco 27 de enero de 1821, traducida por María José Giral en México el 7 de febrero de 1821, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, f. 265-266.
[30] Carta reservada nº 288 del conde de Casa Flores, embajador en Brasil, al marqués de Casa Irujo, Secretario de Estado, Río de Janeiro 5 de enero de 1819, AGI, ES.41091.AGI/1.16417.14.19//ESTADO,103,N.3, fs. 1-8
[31] Ídem.
[32] Ídem.
[33] Carta del capitán Rakcliffe Hicks a las autoridades del puerto de Acapulco, Acapulco 27 de enero de 1821, traducida por María José Giral en México el 7 de febrero de 1821, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 265-267.
[34] La fragata de guerra angloamericana Macedonia fondeó en el puerto de El Callao a principios del mes de noviembre de 1819. Thomas Cochrane, Op. Cit., p. 16.
[35] Certificación del Teniente Jonnes, comandante de la fragata de guerra Macedonia, traducida del inglés, el 7 de febrero de 1821 en México, por Mariano José Giral, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 268-268v.
[36] La captura de la Esmeralda fue una hazaña ampliamente comentada ya que significó una derrota importante para la marina española. Thomas Cochrane, Op. Cit., pp. 85-91.
[37] Carta del capitán Rakcliffe Hicks a las autoridades del puerto de Acapulco, Acapulco 27 de enero de 1821, traducida por María José Giral en México el 7 de febrero de 1821, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, f. 267 y carta de José de San Martín al capitán Hicks de la Fragata La Luisa, fechada el 26 de diciembre de 1821 en Huaura, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, f. 269.
[38] Cochrane enarboló su bandera en la fragata O´Higgins, desde 1818. Thomas Cochrane, Op. Cit., p. 19.
[39] Thomas Cochrane, Op. Cit., p. 95-97.
[40] Carta de Nicolás Basilio Ramón Rionda de la Gándara, gobernador y ministro contador de la caja de Acapulco, al virrey conde de Venadito, 28 de enero de 1821, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 273-274v.
[41] En Carta fechada el 4 de febrero de 1821 Iturbide le comunicaba a Guerrero que se dirigía a Chilpancingo donde podían establecer pláticas. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (en adelante INERHM), Del Plan de Iguala a los Tratados de Córdoba, colab. Perla Chinchilla, México, Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana, 1985, p. 37-38.
[42] Informe del Ministro contador de la caja real de Acapulco al virrey Conde del Venadito, Acapulco, 14 de marzo de 1821, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 295-296.
[43] Ídem.
[44] Las fragatas Prueba y Venganza eran embarcaciones de 50 y 42 cañones, respectivamente, Thomas Cochrane, Op. Cit., pp. 17 y 33.
[45] Carlos Navarro y Rodrigo, Op. Cit., pp. 98-99. El coronel Nicolás Basilio de la Gándara nació en Santander, España, en 1772, llegó a Nueva España en 1789, en 1810 se alisto en las tropas como voluntario, participando en las campañas militares en contra de los insurgentes de Oaxaca, Michoacán y la región que actualmente es el estado de Guerrero, fue hecho prisionero por su adhesión al Plan de Iguala y murió en 1837 o 1839. Agustín de Iturbide, La correspondencia de Agustín de Iturbide después de la proclamación del Plan de Iguala, con una advertencia y una introd. por Vito Alessio Robles, México, Secretaría de la Defensa Nacional, 1945, 2 vols., nota a pie de página 4, p. 156.
[46] Lucas Alamán, Op. Cit., pp. 124-126 e INEHRM, Op. Cit., p. 19.
[47] Lucas Alamán, Op. Cit., pp. 85-86 y Francisco Castellanos, Op. Cit., pp. 87-89.
[48] Josefa Vega, Op. Cit., p. 61 y Francisco Castellanos, Op. Cit., p. 90.
[49] Informe probable del Fiscal de la Hacienda Pública, México 20 de febrero de 1821, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 275-292v., e Informe del Licenciado Pavón, asesor comisionado de la Real Hacienda, México 7 de Abril de 1821, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 297-308v.
[50] Informe del Licenciado Pavón, asesor comisionado de la Real Hacienda, México 7 de Abril de 1821, AGNM, Marina, vol. 268, exp. 13, fs. 297-308v.
[51] Carta de Horacio Rogers a S.A.S. Agustín de Iturbide, presidente de la regencia del Imperio de México, México 31 de marzo de 1822. AGNM, Gobernación del siglo XIX, vol. 40/4, sin sección, exp. 37.
[52] Expediente de naturalización de Rakcliffe Hicks, Secretaría de Justicia y Negocios Eclesiásticos, mesa 2ª, 2ª, LG. 3º, fs. 158 vuelta. AGNM, Justicia, vol. 121, exp. 59, f. 308.
[53] Ídem.
[54] Relación de expedientes que faltaba devolver por la Cámara de Diputados a la Secretaria de Justicia, México, 21 de abril de 1828. AGNM, Justicia, vol. 121, exp. 59, fs. 287-308.

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